Cuida a tu Gizmo

Hace unos años, tendrá unos 22 años, cuando comencé a trabajar, recuerdo el momento mágico cuando me llegó mi primer depósito de nómina, me pregunté si lo comenzaba a ahorrar o comenzaba a darme mis “gustitos culposos”; pues bien, la decisión arrebatada y loca que cruzó por mi cabeza fue un televisor plano para que mi madre pudiera ver sus telenovelas, no existían las plataformas de hoy, así que había que concentrarse en las novelas del momento; pues bien la compré, recuerdo también que fue mi primer compra a meses sin intereses, endeudada por 18 eternos meses (sí, sin intereses, me fijé bien); fue un gran esfuerzo que lo valió todo, claro que traía trampa, era un ganar-ganar, yo vivía con ella, así que ese televisor yo también lo iba a disfrutar. Cierro los ojos y viene a mi mente cuando nos comimos, literalmente, Los Soprano y comprábamos nuestros MarronGlacé en el entonces Price Costco, porque esos dulces extraordinarios eran los preferidos de la progenitora de Tony Soprano (a quien yo amaba). Creo que vimos las seis temporadas en un mes, sí fue un exceso, pero sí algo puedo decir es que a mi madre la he disfrutado como a nadie; era nuestro proyecto de vida, nuestra vida era simple y tonta, ya teníamos una agenda ocupada para los sábados y domingos, nadie entraba en nuestros planes, éramos ella y yo. Recuerdo que los globos oculares me dolían y a veces también la cabeza, pero no podíamos dejar de verla, una adicción que reconozco.

Pues bien la televisión ya tenía a mi madre encandilada; yo sentía que había cumplido el cometido de mi buena intención; pero de pronto, llegué a casa con un nuevo regalo, lo encontré en una tiendita, “JUGANDOando”, en el segundo piso de una plaza en el sur de la Ciudad de México en donde hay muchas oficinas gubernamentales, ahí conocí a G, el dueño, él me mostró una cajita; hoy a la distancia me imagino en la escena cuando el padre de Billy en búsqueda del regalo especial para su hijo, encuentra en Chinatown un “Mogwai” que solo debía de cumplir tres reglas: (i) no exponerlo a la luz brillante porque moriría; (ii) nunca mojarlo y (iii) nunca alimentarlo después de la media noche (Gremlins). Sí, esa cajita que compré si bien no debía de guardar esos extremos cuidados, si había en palabras del vendedor, hoy mi amigo, una advertencia: ¡cuidado genera adicción!, obvio lo ignoré, pero si mi memoria no comienza a hacer estragos, al enseñarme a jugar quedé absorta, mi mente explotó tratando sin terminar el primer juego, de ir pensando en la solución del segundo y así, esto de ser un juego de niveles y retos, sin duda se asimilaba a la droga, me cautivó, me atrapó, otra adicción.

Un día mi madre me habló (siempre nos hablamos, solo que soy de naturaleza histriónica) y me dijo que esa cajita gris, era de todos los regalos, el mejor regalo que le había dado, la escuchaba, su voz estaba realmente emocionada; seguía diciendo con un tono alegre que se había levantado en la madrugada a resolver unos niveles y que era por demás adictivo; me reí tanto de mí, yo apenas iba  a pagar el cuarto mes de la televisión y tan solo un regalo de aproximadamente unos $200 pesos había logrado eclipsar mi iniciación al crédito bancario. Obvio me dediqué a comprar todas las versiones del juego para incrementar y mantener esa felicidad. Lonpos, así se llama este regalo curioso.

Desde hace años, muchos años, la entrega de este presente se volvió un hábito, una declaración de amor diría yo, a las personas que quiero, conozco y que mueven algo en mi vida, corro a entregarles un “Gizmo”, mi regalo “especial”; busco en la entrega de esa cajita de sorpresas encontrar la voz de emoción que escuché cuando hablé con mi mami; busco con este juego entregar un pedacito de mí; que siempre que mis seres queridos lo jueguen en su soledad o en compañía, sepan que alguien (yo) en alguna parte del mundo piensa que son seres de luz, inteligentes y especiales; con eso les doy las gracias por existir, porque yo los escogí, porque yo los aparté, porque yo les estoy pidiendo que formen parte de mi vida. El juego se volvió una declaración de amor, un acto de libertad; a menos que el sujeto de mi regalo decida irse de mi vida, yo estaré para lo que necesiten. Si es para jugar a sonreír mucho mejor, insisto, estaré ahí. Entonces y solo entonces habrán comprendido que no era un regalo sino un intercambio. A cambio del Lonpos debía cumplir la misión asignada. Ser felices.

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