6:00 a.m. primer mensaje de felicitación. Después llegaron otros más. Varios más. Personas de las que no sabía hace mucho, pero que todos los años recuerdan esta fecha. Todos mensajes hermosos. El pretexto, el día del abogado. Tantas profesiones y actividades que se rememoran, el día del abogado tiene un significado especial que dista mucho de la profesión que hoy ocupo. He vivido desde que recuerdo en un mundo del abogado, aun sin saber siquiera cuál iba a ser mi inclinación de estudio, mi padre ya lo era, sin perder la objetividad diría que era un fregón, así de simple, no hay descripción. Escuchaba esa palabra recurrentemente “abogado”… que algunos le decían para pedirle algún tipo de “consejo”; él con gusto contestaba las dudas que las personas que se acercaban a él le expresaban; mejor aún, les dejaba otras tantas que ellos no habían considerado. Completaba un esquema de preguntas, respuestas, problemas, soluciones, que regalaba a las personas desde una visión muchas veces implacable, pero cierta; siempre con la mejor de las intenciones, resolver apegado a la norma, decía. Buscaba todos los espacios en donde pudieran llegar supuestos no considerados para tener una solución previa a que se tuviera un problema. Así fui educada, no para ejercer esa honorable profesión en la que caí como un lugar seguro para posiblemente sentirme cerca de él, de mi padre; sino para tener criterio y resolver. Recuerdo bien una entrevista de trabajo que tuve hace muchos años, me preguntaban con duda genuina el tipo de abogado que era; la especialidad, querían conocerme mejor. Yo sin especialidad, ni inclinación por materia alguna; me puse seria, le dije a mi entrevistadora con seguridad: “dame un problema y te doy una solución… eso es lo que hago, esa es mi especialidad”; la mirada de ella, mujer muy exigente, cambió. Yo me quedé en silencio esperando una risa o que me diera las gracias. No, no hubo nada de eso. Fui contratada inmediatamente como su asesora directa. Fue el inicio de mi verdadera carrera, de mi verdadera profesión, de mi vocación, de lo que sin duda mi padre hacía, de lo que él me enseñó, de lo que alcancé a aprender; aunque él además de todo, sí tenía una especialidad, era penalista.
Este día de no ser porque trabajo, iría al Bosque de los Duendes en Huasca de Ocampo, Hidalgo, México; caminaría por el bosque, tocaría a la puerta de su tierna y acogedora casa de madera, me pondría mis lentes especiales de vista cansada por tanto leer leyes, expedientes, oficios, misivas, libros, jurisprudencia, diario oficial, gacetas, correos electrónicos; no cualquiera puede verlos, dicen; con lentes mágicos puestos, preguntaría en la recepción del bosque por el duende más osado y travieso; de seguro llegaría a él después de varios kilómetros de búsqueda, me presentaría; diría, hola mi nombre no importa, soy abogada, estoy a tus órdenes; dejaría que revisara mis ojos y mi alma para que analice que mis intenciones no son malas; con sonrisa de mi duende en cara, me atrevería a ofrecerle mis servicios; sus travesuras de seguro lo habrán dejado al margen de mucha legalidad en su mundo mágico; necesitará de un abogado, ahí estaré para él; discutiremos sin duda mis honorarios, le diré que no trabajo por hora, sino por caso, que por favor no llore, que no se preocupe, que no quiero quitarle ni tiempo; menos aun, sus monedas de oro; entonces, él me verá con sus ojos grandes, café claro y pestañas enormes; me preguntará qué es lo quiero a cambio de su defensa; yo me atreveré por fin a decirle lo que necesito; necesito que me ayudes a ver que de mi padre hay en mí. Qué porcentaje de mi mundo abogadil tengo de ese hombre que tanto admiro. Confieso que a mi duende lo he sorprendido, no imaginó que alguien le pidiera eso. Ahora no sabe cómo ejecutar la petición de su hoy abogada. En eso se le ocurre algo. Cierra los ojos, me dice; bien cerrados y apretados; no hagas trampa, insiste. Durante 5 minutos verás muchas imágenes, ahí encontrarás la respuesta a la pregunta que te trajo hasta acá. Cierros los ojos y lo veo. Lo veo platicando con su equipo de trabajo, lo veo en juntas, lo veo con sus jefes, lo veo analizando algo, lo veo discutiendo, lo veo defendiendo, lo veo resolviendo, lo veo sonriendo, lo veo explicando, lo veo leyendo, lo veo subrayando…. Se acaban los minutos prometidos. Ese duende lo ha conseguido. La mejor paga recibida por mis servicios aun no ejercidos. Me despido agradecida con expedientes mágicos en mano, tanto que analizar para su defensa; prometo regresar pronto, le digo. Antes de irme, le comparto un recuerdo, una terquedad que hice; cuando mi padre murió me era tan importante que en su velorio le pusieran antes de su nombre su profesión, el duende cliente se ríe conmigo; discutí horas con el administrador del velatorio, le cuento; de mi rostro se escurre una lágrima de nostalgia, el duende amigo se entristece… ¡ganaste sin duda!, el duende para alegrarme me guiña un ojo. Le sonrío con complicidad emocionada, mi primer asunto vencido, le comento. Se sube a unos escalones, me inclino, nos abrazamos; me despido. Tengo un mundo mágico que analizar para tu caso, le guiño un ojo.