Qué? ¿Qué? ¡Qué! ¿qué quieres un abrazo?, ¿qué te abrace?, ¿por qué necesitas abrazarme? ¿para qué quieres que te abrace? ¿qué ganas con un abrazo?; ¡No, nada de abrazos eres un extraño!, ¿Por qué debería abrazarte? ¿Que no eres un extraño?… hace mucho te convertiste en un extraño; ¿qué alguien que conociste ya no será jamás un extraño? ¿Qué para ti ser extraño es cuando nunca habías visto a una persona? ¿Qué tú y yo ya nos conocíamos? ¿qué un abrazo tranquiliza? ¿Qué un abrazo también puede inquietar? ¿qué un abrazo es necesario? ¿necesario para qué? ¡uff qué locura!, entonces, ¿por qué un abrazo?
Sí, muchas aparentes preguntas… ¿Qué nos espera detrás de la puerta entreabierta de un abrazo? ¿Vale la pena cruzarla?… Posiblemente el abrazo tenga sabor a reencuentro, una esperanza, un recuerdo, nostalgia. ¿A qué sabe un abrazo? ¿Por qué el abrazo es tan requerido se pida o no, se reconozca o no? ¿cuál es la precuela de un abrazo? ¿cuál su secuela? ¿por qué ahora que estuvimos ausentes de nuestros seres queridos, una video llamada si bien nos era apaciguadora, no nos fue suficiente?
¿Qué tiene ese tan anhelado abrazo que no tenga un beso, una mirada, una plática? ¿por qué de todos los sentidos necesitamos la presencia, su presencia?, tocarlo, como si la vista no bastara y se dudara de ella, teniendo que validar con manos y olfato que sí existe; decirnos: que está bien, estoy bien, estamos bien; incluso pensaba, no basta tomar(se) de la mano, aun así; se sigue, seguimos, en la aspiración de ese abrazo.
Desde el inicio de la pandemia, en mi ociosidad, relevante o no, hice un listado; respecto a lo primero que haría cuando la línea de salida a la libertad del encierro se anunciara; sí, qué hacer cuando este miedo a contagiar y que uno se contagie se disipe. Mi larga lista se centraba en el mismo verbo en infinitivo, abrazar. Me(te) engañaría si te dijera que no pensé en viajar, en ir a reuniones, a museos, a conciertos, correr al aire libre. Pero en todos mis propósitos los visualizaba no sola; todos los imaginé diferentes a lo que hace tan solo 3 años hubiera deseado, todos se tornaron en plural; el singular, sin duda, había pasado de moda; ahora los verbos se conjugaban por al menos entre dos personas, en presente y futuro; compartir con alguien mi propósito de 10 deseos era algo que para mí ahora ya estaba dado por sentado, no cabía duda, la pandemia nos cambió, me cambió. El abrazo debería ser catalogado como un identificador, un pase de lista; un, espera, antes “te abrazo” y después te cuento todo; no te preocupes, estoy bien; calla y abraza.
Un abrazo debería ser la contraseña dinámica respecto a la que cada uno tiene posesión y control, con propiedades suficientes para poder acceder a la gente querida, no importando cuándo fue la última vez que la viste; incluso, considero que mientras más tiempo haya pasado de ausencia, el requerimiento de abrazo se debería volver más obligación que necesidad; un grito, una orden. Muchas aparentes preguntas, una sola respuesta… ¿Qué no podría arreglar un abrazo?*
*Tome sus precauciones. El sector salud no estaría de acuerdo en que comencemos a abrazarnos.