Rita Wigisser de Margolis

02-09-2018

Catarsis

Un día estaba en un velorio frente al hombre que había perdido a su esposa. Conocía a sus hijos y toda la familia, todos eran muy buenas personas, y pensé “Qué triste, ¿qué van a hacer sin ella ahora?”, me sentí muy afligida, y me pregunté: ¿Y si a mí me sucediera?, ¿qué pasaría con mis hijos, con mi esposo, con mi papá, con mi mamá, con mis hermanos? Y me dije: Dios mío, dame salud, no me quiero morir… Comencé a llorar, era tanto mi llanto… Con cada pensamiento que me decía entablaba una conversación interna que me hundía cada vez más, tanto que, intempestivamente, sentí una oleada de miedo sin que hubiera razón alguna. El corazón me latía muy rápido, sentía que se salía de mi cuerpo, me dolía el pecho, tenía dificultad para respirar, por lo que lo hacía aceleradamente. Empecé a sentirme muy mareada, veía todo negro. ¡Y llegué a creer que me iba a morir! De pronto me desmayé y no supe más de mí. Cuando desperté, no tenía idea de lo que pasaba y a partir de ese momento las cosas empezaron a cambiar. Mi cuerpo comenzó a enviarme señales de un mal funcionamiento, sentía que mi organismo ya no toleraba el mismo ritmo de estrés que había tenido hasta ese día, y a cada momento dirigía mi atención a mi cuerpo: si me dolía el estómago, si mi corazón latía más fuerte, si me sudaban las manos… ésta ya no era mi vida.

¡Sentí tanto miedo! Era el mismo temor al miedo lo que me incapacitaba; evitaba ya cualquier lugar en donde hubiera mucha gente, visitas a mi casa o acudir a un hospital o a cualquier lugar concurrido, y por eso empecé a visitar a varios médicos y a hacerme todos los análisis posibles, probé con comida naturista, gotas de Bach, grupos de crecimiento personal en los que me decían “tienes todo para ser feliz”, ¡eso ya lo sabía!, pero justamente eso me hacía sentir peor porque ¡era cierto! Hice de todo pero no encontraba paz. Me sentía cada vez peor, cada vez más loca. Me recomendaron a un psiquiatra, fui, me dopó y sucedió que dejé todas mis actividades. Estaba cada vez peor. Creía sentirme mejor si evitaba salir y a las personas, pero a la vez pedía ayuda y más ayuda; sin embargo, cada vez que salía a la calle y también al estar en casa, tenía esa horrible sensación en la boca del estómago, en mi pecho, la sudoración de las manos, sentía mi cuerpo disociarse… el ver todo negro me aterrorizaba, por lo que trataba de controlar mis reacciones. Tiempo después, me enteré de que lo que realmente tenía eran ¡ataques de pánico!

 Toda mi vida, a partir de ese día, sin causa aparente me producía incapacidad. Manejaba, sí, pero de pronto empezaba esa sensación y lo que hacía era ponerme a un lado del camino, me desmayaba; me sucedía jugando con mis hijos, en el supermercado, comiendo, dentro de un elevador, al cocinar, en el avión. Ahora sé que mi pensamiento creó miedos irracionales: todo me daba miedo. Estaba aterrorizada, no me sentía tranquila ni en lugares cerrados ni abiertos. Era como si estuviera en un pozo profundo de agua y por más que quería salir de ahí, no podía.

El ataque de pánico tuvo un gran impacto en mi vida diaria. Todo estaba bien en apariencia; sin embargo, por dentro, yo estaba muy mal. Los ataques controlaban mi vida y no podía hacer nada. Sentía que cada uno de ellos duraba una eternidad, aunque en realidad eran muy cortos; iniciaban, llegaban a un punto máximo y luego terminaban, y por supuesto yo quedaba exhausta.

Recuerdo que cuando visitaba a los doctores (ahora sé que con la intención de calmarme) me hacían más daño diciéndome: “No es algo serio”, “Sólo es cosa de tu imaginación, de tus pensamientos”, “No es algo por lo que te tengas que preocupar”, y yo me sentía morir. Mi vida se afectó seriamente, cada vez los ataques eran más intensos: yo sola me había construido una trampa mental y emocional además en aquel entonces no había tanta información como ahora sobre estos padecimientos mentales, se creía que ir al psicólogo o psiquiatra era para locos, etc.  Sin embargo, caí con un buen terapeuta, entendí que estaba padeciendo trastornos de ansiedad y él junto a mucho trabajo mío día a día me ayudó mucho y a partir de ese momento me prometí que, si yo salía de eso, iba a estudiar mucho, prepararme, hacerme especialista y poder ayudar a la gente que como yo se siente sin salida de todo esto. Fue así como comencé a especializarme en distintas técnicas terapéuticas hasta llegar al doctorado en hipnosis clínica que combinada con otras técnicas terapéuticas es muy efectiva en el tratamiento de este tipo de trastornos.

La hipnosis es un estado de relajación muy profundo, en el que nuestra atención se fo­caliza y somos susceptibles de lograr cambios internos de ma­nera eficaz en ciertas conductas o comportamientos, por ello es una herramienta muy utilizada por psicólogos, psiquiatras y terapeutas certificados para el tratamiento de las enfermedades mentales.

Los trastornos de ansiedad son mucho más comunes de lo que creemos, pueden ocurrirle a cualquiera sin importar edad, sexo, nivel socioeconómico, nacionalidad, nada… Estos trastornos son los más comunes en México con un  14.3% de la población total. Puedo decir que es posible resolver este problema con una intervención terapéutica adecuada, incluso puede eliminarse desde raíz. Muchas veces se requieren antidepresivos y terapia, en otros casos solamente terapia, dependiendo de la situación de cada persona. Cuando alguna persona experimenta trastornos de ansiedad, lo importante para ella es saber que está acompañada por el psicoterapeuta o psiquiatra y que, si a éste le importa lo que le sucede, la terapia se vuelca además en un trabajo con amor y respeto.