Mi historia

15-10-2018

Catarsis

Les quiero contar mi historia, no se si llamarle clínica, pero es mi historia en relación al trastorno de ansiedad. 

Aunque mis síntomas se manifestaron por primera vez a mis 5 o 6 años, hasta que cumplí 14 años se dieron cuenta que tenía algo más que nervios. Cabe mencionar que en esa época no se hablaba tanto del tema; si ahorita hay tabúes y poca información al respecto, imagínense hace 15 años.

Mis papás pensaban que era una niña miedosa o insegura y que con el tiempo se me iba a pasar, pero cuando llegue a la adolescencia y seguía con pensamientos obsesivos, decidieron llevarme al psiquiatra. En la primera cita me medicó. Probablemente no fue la mejor decisión, pero con lo poco que se sabía del tema fue lo único que se les ocurrió a mis papás.

Saber que tenía un “problema” desde esa edad me ha ayudado a hablar del tema abiertamente y me ha dado oportunidad de trabajarlo desde entonces. No quiero ni pensar lo que sería de mi si hubiera vivido tanto tiempo sin saber que tenía algo y pensando que estaba loca o que era normal sentirme así.

Desde que era niña hasta ahorita he pasado por varias fobias específicas, comportamientos obsesivos (que afortunadamente se me quitaron) y trastorno de ansiedad generalizada.

Mi primer recuerdo es en el kínder:  me lavaba las manos unas 20 veces al día porque me daba miedo tener microbios. Supongo que alguna maestra nos platicó de eso, y mi mente automáticamente lo absorbió. Un día, mi mamá vió mis manos extremadamente resecas y me llevó al dermatólogo, el me preguntó si me lavaba mucho las manos y me dió una crema para hidratarlas. 

Al mismo tiempo, me daba miedo que me dejara el camión por estar en el recreo, por lo que mucho tiempo no salí (supongo que no tenía tantos amigos, pero eso si no lo recuerdo). 

En primaria, alguien habló de la apendicitis y bueno, para qué les cuento…por aproximadamente un año yo juré que ya me tenían que operar. Pobre de mi mamá, me tenía que llevar al doctor cada semana nada más para que estuviera tranquila. Me la pasaba brincando porque me habían dicho que si me dolía al hacerlo quería decir que tenía apendicitis y apretándome el estómago para ver si sentía algo. 

Unos años después cuando nos contaron en la escuela de la Segunda Guerra Mundial, me empezó a dar miedo que hubiera otra guerra así en México. Otra vez, pobre de mi mamá que ya no sabía ni que inventarme para tranquilizarme.

Estos miedos no eran normales, no sólo por el tema, sino porque no se me quitaban con un simple “no es cierto”, en mi mente eran verdad, y por más que me decían que no y me daban razones y explicaciones, mi cabeza no lo entendía. Iban y venían o se quedaban conmigo por meses, siempre acompañados de síntomas como corazón acelerado, sudor en las manos y la necesidad de que me reafirmen las respuestas muchas veces. 

Como a pesar de tener estos episodios, siempre pude tener una vida normal, era muy difícil pensar que tenía algo más que miedos normales de la edad.

En los últimos años de primaria decidí que no podía dormir. Y estaba tan convencida de eso, que evidentemente no lograba conciliar el sueño. Fue durante esta época que me empezó a dar miedo no poder respirar, lo cual me llevó a tener mi primer ataque de pánico. No recuerdo bien que pasó, sólo se que les pedí a mis papás que llamaran a una ambulancia para que me aseguraran que iba a estar bien, y eso hicieron. Llegaron los paramédicos me dieron algún tranquilizante y por fin pude dormir. 

Conforme iba creciendo mis pensamientos obsesivos iban cambiando de tema y se iban volviendo un poco mas maduros, por así decirlo. Empecé a superar los pensamientos que de niña me causaban ansiedad para darle pie a otro tipo de miedos. 

Cuando llegué a la adolescencia las cosas se complicaron más, pues ya de por sí es una época difícil para cualquiera sin necesidad de tener ansiedad. Además, en mi caso se juntó con la relación complicada de mis papás y su divorcio aún más problemático. 

Para empezar, todo este tiempo me la pasaba pensando que a todos les caía mal, tal vez en esa edad es normal, pero a mí verdaderamente me afectaba. 

Un día estaba leyendo una revista, Tú o Eres probablemente, cuando leí uno de esos artículos donde las chavas mandaban sus preguntas. Algo llamó mi atención y automáticamente decidí que era lo que me estaba pasando a mi, sin tener idea ni información al respecto. Fue con esta idea obsesiva que mis papás decidieron llevarme al psiquiatra, pues no había forma de que sus respuestas me tranquilizaran como con las otras cosas. 

Este miedo se quedó conmigo durante 10 años aproximadamente, se convirtió en una parte  de mi que no me atrevía a hablar con nadie y que afectó varios aspectos de mi vida. Poco a poco mi psicóloga logró que hablara del tema, y fue hasta mis 25 años que por fin me pude liberar de eso. Siempre supe que no era verdad, pero se convirtió en mi escudo. Me parecía más fácil darle la vuelta a un pensamiento “de fantasía” que afrontar los problemas que en realidad tenía. 

Como les dije al principio, a los 15 años me medicaron. Una vez, me sentía tan bien que decidí dejar las medicinas de jalón. No les puedo explicar lo mal que la pasé. Tuve ataques de pánico y ansiedad por casi un mes seguido, hasta que las medicinas volvieron a hacer efecto. Para ya no hacerles el cuento largo, he cambiado varias veces de medicinas y he cometido un par de veces mas la tontería de dejarlas con las mismas consecuencias de la primera vez. 

Aunque parezca que esta es toda mi historia, no lo es. Pero nuestra cabeza es tan complicada, que si les contará todo lo que he trabajado y descubierto en mis años de terapia, tendría que escribir un libro. 

Así ha sido mi vida siempre, un sube y baja de pensamientos obsesivos y ataques de ansiedad. No ha sido fácil, necesité y necesito apoyo de mucha gente, tanto amigos y familia, como profesionales. Sobre todo, tuve que analizar lo más profundo de mis miedos para poder entenderme. Sin embargo, hoy en día me siento mucho más fuerte y preparada para entender como funciona mi mente y frenar, en la medida de lo posible, los pensamientos obsesivos y la ansiedad.